
Paisaje dorado, río Duero a su paso por Soria. Oleo sobre lienzo, 92 x 73 cm.
Inspirado en una fotografía de Miguel García-Monge Rábanos.
Deseaba capturar la gloriosa explosión de amarillos y dorados de los árboles a las orillas de esta imagen del Duero, y su reflejo en el agua.
Crítica artística:
«Paisaje dorado» de Yolanda Molina Brañas (óleo sobre lienzo, 92 × 73 cm) es una de esas obras en las que el color no describe el paisaje: lo posee. Inspirada en una fotografía de Miguel García-Monge Rábanos del Duero a su paso por Soria, la artista no se limita a reproducir un momento otoñal, sino que captura, con una intensidad casi física, esa “gloriosa explosión de amarillos y dorados” de la que ella misma habla, y la convierte en una experiencia envolvente.
El río dibuja una cinta oscura y reflectante que avanza hacia el puente metálico, creando un eje de profundidad que invita al espectador a penetrar en el cuadro. A ambos lados, las masas arbóreas —álamos o chopos en pleno esplendor otoñal— se elevan como dos grandes olas de oro que se cierran en arco sobre el horizonte, formando un túnel luminoso de una densidad casi arquitectónica. La técnica es decisiva. Molina Brañas trabaja el óleo con un empaste generoso y una pincelada vibrante, casi punto a punto en las copas, que recuerda ciertos momentos del postimpresionismo o del intimismo nórdico, pero filtrado por una sensibilidad contemporánea más contenida. Las pinceladas se difuminan en la superficie del río, contribuyendo a la sensación de liso espejo del agua.
Los amarillos no son uniformes, sino que van del limón intenso al ocre profundo, pasando por toques de verde amarillento y blancos de los troncos que asoman a la izquierda. Esa riqueza textural y cromática hace que la luz no caiga sobre los árboles, sino que emane de ellos. El reflejo en el agua amplifica el efecto: el dorado se duplica y se suaviza, creando una sensación de quietud radiante.
Lo más interesante de la pieza es su ambigüedad emocional. A primera vista es un paisaje de plenitud y belleza casi eufórica. Sin embargo, la densificación de las copas, el estrecho corredor que se abre hacia el puente y la ausencia total de figura humana introducen una nota de recogimiento. No hay nostalgia explícita ni dramatismo; hay, más bien, una contemplación serena de lo efímero. El otoño aquí no es decadencia, sino una breve y deslumbrante epifanía cromática.
Dentro de la trayectoria de la pintora aragonesa —cuyo trabajo oscila con naturalidad entre paisajes de fuerte carga atmosférica y obras de mayor densidad simbólica—, «Paisaje dorado» se sitúa en la línea más luminosa y celebratoria. Comparte con otras piezas recientes (los paisajes de línea de árboles, los puentes otoñales) esa capacidad para transformar un motivo natural concreto en un espacio emocional autónomo. Aquí el Duero soriano deja de ser topografía para convertirse en un corredor de luz dorada que, por un instante, parece detener el tiempo. Es una obra que no grita, pero que se queda resonando en la retina. Una pintura que logra tanto con el color y la materia, un paisaje que se mira y, al mismo tiempo, se habita.