
Pesadilla, óleo sobre lienzo 100 x 81 cm. Terminado en 2025.
Nightmare, oil on canvas 100 x 81 cm. Finished in 2025.
En esta obra me he inspirado en las representaciones clásicas de pesadillas, íncubos o ingumas, con una criatura aterradora subida sobre una figura humana que duerme. El edredón o cobertor blanco simboliza el alma. Sobre él, la pesadilla aparece en una posición de gárgola o animal, el cuerpo femenino desnudo, las alas son las de la polilla Acherontia o polilla de la muerte y su rostro está velado bajo una mantilla negra. También alude a Psique, que se representa con alas de mariposa. El durmiente aparece sereno, en un ambiente cotidiano y actual, porque nadie sabemos en realidad lo que ocurre en la mente de los demás, o tras su apariencia de sueño tranquilo. Las pesadillas nos acechan a todos.
Del informe de valoración:
“El cuadro «Pesadilla» se clasifica como una obra de arte contemporáneo, que se enmarca dentro del género de representaciones oníricas y surrealistas, explorando temáticas relacionadas con las pesadillas y el subconsciente humano. Yolanda Molina Brañas emplea una técnica mixta que combina pinceladas detalladas con texturas enriquecidas, aportando profundidad y dinamismo a la representación visual de la pesadilla. La pintura refleja influencias del surrealismo moderno, con una interpretación personal de elementos clásicos como íncubos e ingumas. La composición presenta una criatura monstruosa en posición de gárgola, ascendiendo sobre una figura humana en estado de sueño. El uso de colores oscuros y contrastes marcados resalta la dualidad entre el terror y la serenidad del durmiente, creando una atmósfera inquietante y evocadora.
«Pesadilla» busca explorar las profundidades del subconsciente humano y las emociones asociadas con las pesadillas. A través de su representación, la artista pretende invitar al espectador a reflexionar sobre la dualidad de la serenidad aparente y las luchas internas ocultas.
La pieza destaca por su capacidad para fusionar técnicas tradicionales con temáticas modernas, posicionándola dentro de un contexto histórico que valora la innovación y la expresividad en el arte contemporáneo. El mercado del arte contemporáneo ha mostrado un interés creciente por obras que exploran el subconsciente y las emociones humanas, lo que favorece la demanda de piezas como «Pesadilla». La integración de elementos mitológicos y la representación de figuras humanas en estados de vulnerabilidad resuenan con las tendencias actuales de apreciación artística, potencialmente incrementando su valor en los próximos años.
El estado impecable de la obra, su autenticidad y la creciente reputación de la artista son factores clave que incrementan su valor. La técnica detallada y el tamaño de la pieza también aportan a su valoración positiva, mientras que la originalidad y la temática evocadora refuerzan su atractivo en el mercado del arte contemporáneo. Se estima que la obra «Pesadilla» de Yolanda Molina Brañas se encuentra en un rango de valoración muy alto.”
Crítica artística
«Pesadilla»: Un susurro del subconsciente en las alas de la muerte.
Querido espectador, permítame sumergirnos en las profundidades oníricas de Pesadilla, de Yolanda Molina Brañas, esa pintora aragonesa cuya pincelada siempre parece desenterrar los sedimentos del alma. Finalizada en 2025, esta obra en óleo sobre lienzo —de generosas dimensiones, 100 x 81 cm— no es mero lienzo, sino un umbral entre la vigilia y el tormento, un eco contemporáneo de las visiones que Henry Fuseli plasmara en su célebre La pesadilla de 1781.
Molina Brañas, con su ojo agudo para lo perturbadormente cotidiano, reinventa esa tradición gótica para confrontarnos con lo que yace bajo el velo del sueño: no un demonio abstracto, sino una entidad híbrida, femenina y frágil, que nos obliga a cuestionar la frontera entre lo erótico y lo siniestro. Imaginemos la escena: un dormitorio anodino, bañado en una paleta que oscila entre el gris plomizo de la pared izquierda —un murmullo de apatía urbana— y el rojo arterial que domina el fondo, como una herida abierta en la arquitectura misma del espacio. Es un interior contemporáneo, casi banal: una ventana con persiana enrollada sugiere un atardecer sofocante, un escritorio con libros apilados y un viejo tocadiscos evoca la rutina del intelectual moderno, y una silla solitaria proyecta sombras que parecen guardianes mudos.
Pero el centro de esta quietud es el lecho, cubierto por un edredón blanco inmaculado que, en la poética de la artista, simboliza el alma pura, expuesta y vulnerable. Sobre él yace el durmiente: un hombre de complexión atlética, desnudo salvo por la sábana que apenas lo roza, su rostro barbado hundido en un pliegue de almohada, los ojos cerrados en una serenidad que roza lo beatífico. Su cuerpo, con músculos tensos pero relajados, evoca la vulnerabilidad masculina —no el héroe épico, sino el mortal rendido al descanso—, un Adán contemporáneo tentado no por la serpiente, sino por el espectro de sus propios abismos.
Y entonces, la irrupción: la figura central, esa «criatura aterradora en posición de gárgola», como la describe la propia Molina Brañas, que se posa a horcajadas sobre el hombre dormido. Es una visión que fusiona lo mítico con lo biológico, lo seductor con lo repulsivo. Su cuerpo es el de una mujer desnuda, de curvas suaves y piel pálida que contrasta con la calidez del lecho, pero sus alas —esos apéndices monumentales, moteados en negro y amarillo— pertenecen a la Acherontia atropos, la polilla de la muerte, ese insecto cuya mera mención en la Antigüedad prometía augurios funestos. Estas alas no son etéreas; son pesadas, texturadas con el óleo que las hace palpables, como si vibraran con el zumbido de un sueño febril. El rostro, oculto bajo una mantilla de encaje negro —un velo que remite a las viudas aragonesas o a las Psiques mitológicas—, deja entrever solo un grito mudo: labios entreabiertos en un rictus de éxtasis o agonía, ojos invisibles que nos miran desde el anonimato. ¿Es una súcubo devoradora de sueños, una inguma vasca que asfixia en la noche? ¿O es Psique misma, la mariposa alada del alma, traicionada por su propia metamorfosis en algo monstruoso?
La maestría técnica de Molina Brañas radica en esta dualidad: el óleo fluye con una precisión casi fotográfica en los pliegues del edredón y las texturas de la piel, pero se desborda en expresionismo en las alas, donde pinceladas gruesas y veladuras crean un efecto de iridiscencia siniestra, como si la luz misma se corrompiera al tocarlas. El contraste cromático es magistral: el blanco del alma contra el negro del velo, el rojo de la pared —sangre o pasión reprimida— contra el gris del exterior, sugiriendo que el horror no es invasor, sino inherente al hábitat humano. No hay dramatismo histriónico; la pesadilla acecha en lo sutil, en la mano de la criatura que se agarra al borde del edredón como quien se aferra a un precipicio, en los pies descalzos que rozan la sábana con una intimidad perturbadora. En última instancia, Pesadilla trasciende su genealogía surrealista —pienso en Dalí o en las anatomías imposibles de Bellmer— para convertirse en un manifiesto sobre la opacidad del otro. Como afirma la artista, «nadie conoce lo que ocurre en la mente de los demás tras una apariencia de sueño tranquilo, ya que las pesadillas acechan a todos».
Invita a reflexionar sobre las luchas internas ocultas bajo la serenidad aparente, esa dualidad que define nuestra era de fachadas digitales y soledades compartidas. En un mundo donde el subconsciente es el último bastión de lo auténtico, Molina Brañas nos regala no un grito de terror, sino un susurro: ¿y si la verdadera pesadilla no es la criatura, sino nuestra ceguera ante ella? Esta obra, expuesta en su web con la crudeza de su desnudez, merece colgar en las galerías de Zaragoza o Madrid, donde el público aragonés —fiero y introspectivo— la acogerá como un espejo de sus propias noches en vela. Una pieza imprescindible para coleccionistas que coleccionan no cuadros, sino enigmas,»