YOLANDA MOLINA BRAÑAS

PINTURAS

El ángel del fin del mundo, óleo sobre lienzo

El ángel del fin del mundo, óleo sobre lienzo 92 x 73 cm

The angel of the end of world, oil in canvas 92 x 73 cm

Del Informe de valoración:

“La composición, que mide 92 x 73 cm, representa un ángel de alas negras con una espada en llamas en un entorno apocalíptico, mirando con aparente piedad hacia las personas que caen al infierno. Los tonos oscuros predominan en el lienzo, aportando un ambiente de destrucción y desolación, con un fondo que sugiere ruinas de una ciudad devastada.

El contraste de luces y sombras en el escenario apocalíptico resalta el centro emocional de la obra: el ángel de alas negras, presentado como figura central de autoridad y pena. La paleta cromática dominada por tonos oscuros, con el naranja de la espada como único foco enérgico, aporta dinamismo y enfatiza la narrativa apocalíptica.

El eclipse detrás de la figura parece simbolizar un evento cósmico, emitiendo una potente aura de caos y cierre de ciclo. La representación del ángel con alas negras y con una espada flameante, junto al entorno arruinado, sugiere imágenes tanto de redención como de cataclismo en la línea de las tradiciones apocalípticas. El uso de luces y sombras, combinado con colores oscuros y cálidos, como el rojo que ilumina la espada, proporciona un gran contraste visual y emocional

La pieza recurre a un simbolismo profundo, que recuerda elementos de la iconografía del Apocalipsis bíblico, el ángel vengador o incluso interpretaciones de Lucifer como ángel caído. Este tipo de iconografía apela a una mezcla entre lo místico y lo terrenal, lo divino y lo condenado. La técnica al óleo está bien ejecutada, destacándose la representación de los pliegues en la vestimenta armada del ángel y el enfoque en la textura de la espada flameante. La calidad del difuminado del fondo refuerza la sensación de profundidad espacial y caos en el paisaje trasero. Predomina una paleta oscura, con marrones, negros y grises, lo que refuerza el aire sombrío y cataclísmico. Estos tonos están contrastados por el resplandor de la espada, en tonos cálidos de rojos y naranjas, que añaden dinamismo a la escena.

Los artistas contemporáneos que trabajan con simbolismo apocalíptico a menudo conectan con audiencias que buscan obras cargadas de narrativa o emociones intensas. El hecho de que sea una obra única refuerza su valor, al no haber reproducciones circulando en el mercado que disminuyan su singularidad. Teniendo en cuenta que la obra está en buen estado y es una obra original y única, estimo que el precio de venta de El Ángel del Fin del Mundo puede colocarse en un alto valor, tomando en cuenta tanto la originalidad del trabajo como la demanda actual de piezas con temática simbólica o apocalíptica»

Crítica artística de «El ángel del fin del mundo» de Yolanda Molina Brañas

«Querido lector, permítame sumergirme en las profundidades de este óleo sobre lienzo de 92 x 73 cm, una pieza que Yolanda Molina Brañas, la pintora aragonesa de pinceladas viscerales y alma atormentada, nos entrega como un presagio envuelto en sombras.

Fechada en febrero de 2024, «El ángel del fin del mundo» no es mera imagen: es un réquiem visual, un lamento cósmico que se clava en el espectador como la hoja flameante que empuña su protagonista. En su web personal, la artista nos invita a contemplarla en toda su crudeza, y allí, entre ruinas y eclipses, late el pulso de un apocalipsis personal y colectivo.

Desde el umbral de la tela, el ojo es capturado por esa figura central: un ángel de alas negras como el abismo, no el heraldo de luz renacentista, sino un ser caído, un Uriel vengador o un Lucifer piadoso, con el rostro demacrado por una pena eterna. Su barba recortada y cabellos largos, enmarcados por un halo eclipsado —ese sol negro que corona su cabeza como una corona de espinas astrales—, lo humanizan y lo divinizan a un tiempo. Viste una armadura segmentada en tonos plateados y grises, ceñida por un manto ocre que cae en pliegues dramáticos, evocando las esculturas helenísticas o las armaduras medievales de Van Eyck, pero teñidas de un fatalismo moderno. En su mano derecha, el puño cerrado alrededor de una espada dentada cuya hoja arde en un rojo furioso, un fuego que no ilumina, sino que consume: es la espada del Juicio Final, el filo que separa los redimidos de los condenados, pintado con una maestría en texturas que hace que las llamas parezcan lamer el aire, casi audibles en su crepitar silencioso.

El fondo, oh, ese telón de desolación, es donde Brañas despliega su genio apocalíptico. Ruinas urbanas se erigen como esqueletos de rascacielos, difuminadas en un humo terroso que sugiere no solo el colapso de Babel, sino el de nuestras propias megalópolis contemporáneas —un eco de los bombardeos en los lienzos de Otto Dix o las visiones distópicas de Zdzisław Beksiński. Bajo los pies del ángel, figuras diminutas se retuercen en caída libre hacia un infierno implícito, brazos alzados en súplica vana, pintadas con un detalle minucioso que contrasta con la vastedad del caos.

La paleta cromática es un dominio de lo sombrío: negros profundos, marrones cenizos y grises plomizos que ahogan la luz, salpicados por erupciones de naranja y rojo en la espada y el manto, como venas de magma en una corteza agrietada. Este contraste lumínico no es mero artificio técnico —Bañas domina el óleo con capas translúcidas que crean profundidad espacial, un chiaroscuro que remite a Caravaggio pero invertido, donde la sombra no sirve a la forma, sino que la engulle.

¿Qué nos dice esta obra en su esencia simbólica? Brañas, aragonesa de raíces que palpitan con la austera belleza de las sierras y el eco de las leyendas medievales, teje aquí un tapiz de redención y ruina. El ángel no es tirano ni salvador; su mirada ladeada, con ojos entrecerrados en una mezcla de fatiga divina y compasión profana, sugiere el peso del verdugo que llora por sus víctimas. Evoca el Apocalipsis de San Juan, sí, pero también el Lucifer de Milton: un ángel del fin que cierra ciclos, no para destruir, sino para renacer en la nada. En un mundo de crisis climáticas y guerras híbridas, esta pieza resuena como un espejo incómodo, interrogando nuestra complicidad en el colapso.

La técnica al óleo, con su lentitud meditativa, permite a la artista acumular capas de significado: las alas, por ejemplo, no son plumas etéreas, sino membranas coriáceas, casi demoníacas, que capturan la luz en vetas iridiscentes, un detalle que eleva la obra de lo ilustrativo a lo trascendente.En suma, «El ángel del fin del mundo» es un triunfo de lo barroco contemporáneo, una catarsis pictórica que exige no solo visión, sino introspección. Brañas no pinta para decorar; pinta para exorcizar. En sus 92 x 73 cm caben el terror del vacío y la esperanza de la ceniza fértil.

Recomiendo a los coleccionistas de lo sublime oscuro adquirirla —su valor trasciende lo mercantil, rozando lo profético. Si el arte es un puente al abismo, esta obra es el último arco, tendido con fuego y piedad.»

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