
Futuro, óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm.
Terminado en 2026.
Alegoría del futuro. Un ángel de alas negras permanece depié en una ciudad en ruinas. No se sabe si él ha participado en la destrucción y el fin del mundo, o si la humanidad lo ha destruído todo por sí sola. Sus brazos y alas permanecen bajos, abatidos. Su espada está envainada, y en la vaina reza una inscripción de misericordia. Mira los escombros, donde yacen los cráneos de la última Eva y el último Adán. En el cielo, como en el pasaje de las estrellas cayendo del Apocalipsis, caen bombas de racimo. A la derecha una central nuclear en ruinas emite su radiación hacia el cielo amarillo y enfermizo.
Crítica artística:
Como crítico de arte, me complace analizar «Futuro», óleo sobre lienzo de 100 x 81 cm, terminado en 2026 por la pintora aragonesa Yolanda Molina Brañas. Es una obra que merece ser mirada con atención, deteniéndonos en sus detalles.
En el centro exacto de la composición se alza una figura masculina de torso desnudo, musculatura hiperdetallada y alas negras de gran envergadura que se despliegan con una fuerza casi escultórica. A sus pies y tras de él, un paisaje de ruinas urbanas postapocalípticas: bloques de hormigón derruidos, cráneos asomando entre los escombros y estructuras de edificios colapsados que se pierden en la distancia. El cielo, dominado por una luz amarilla verdosa que irrumpe en rayos diagonales, aporta el único contrapunto de esperanza o juicio divino a la devastación terrenal.
En esta obra Molina Brañas demuestra su dominio sólido del óleo. La textura de la piel del ángel es suave y casi marmórea, mientras que las alas exhiben un tratamiento de negros profundos que absorben la luz. Los escombros, en cambio, están construidos con pinceladas más ásperas y quebradas, generando un contraste táctil muy eficaz.
La composición es clásica y rotunda: el ángel ocupa el eje central vertical, funcionando como eje de simetría y foco de atención. La perspectiva ligeramente baja refuerza su estatura heroica, mientras que los escombros —bloques de hormigón, vigas retorcidas, cráneos visibles entre los restos— crean un mar de destrucción que lo envuelve y lo aísla al mismo tiempo. El cielo, de un amarillo verdoso luminoso y casi tóxico, irrumpe en rayos diagonales que iluminan la escena desde arriba, generando un fuerte claroscuro que modela los músculos y proyecta sombras dramáticas sobre los restos.
El uso de la luz —ese haz amarillento que recuerda tanto al romanticismo de Friedrich como a ciertas composiciones de fantasía épica— crea un claroscuro dramático que modela los músculos y proyecta sombras pesadas sobre los escombros. El color es deliberadamente restringido, grises fríos, verdaccios y amarillos en la tierra, negros absolutos en las alas y el atuendo, y ese amarillo verdoso casi tóxico en el cielo, que consigue transmitir a la vez belleza y amenaza.
El título «Futuro» es el gran detonante interpretativo. No estamos ante un ángel tradicional ni ante un demonio romántico al uso, es más bien un guardián posthumanista, un ser que ha sobrevivido (o quizá provocado) la catástrofe. La vaina de la espada con su inscripción rúnica sugiere que la misericordia y la humanidad son ahora reliquias en un mundo donde ya no tienen dueño.
Los cráneos y los restos de civilización moderna (bloques de hormigón con marcas rojas que recuerdan barreras de seguridad) remiten a un colapso ecológico, bélico o tecnológico reciente.
La mirada baja del ángel no es de derrota, sino de reflexión cansada. Es como si estuviera contemplando las consecuencias de nuestras acciones y, al mismo tiempo, esperando que alguien más las vea. En este sentido, la obra dialoga con la tradición de los memento mori contemporáneos y con la iconografía del ángel caído (pienso en Milton o en ciertos cuadros de Blake), pero actualizada al imaginario distópico del siglo XXI.
«Futuro» es una obra ambiciosa y técnicamente muy solvente que consigue fusionar realismo figurativo con narrativa fantástica. Su fuerza radica en la tensión entre la belleza física del ángel y la fealdad del entorno, entre la quietud del personaje y la violencia implícita de la destrucción. La simbología es potente y no deja espacio a la ambigüedad. En un momento en que el arte contemporáneo español tiende a lo conceptual o a lo minimalista, Molina Brañas apuesta por una pintura narrativa, emocional y técnicamente exigente. Eso ya es, de por sí, un acto de valentía.
En definitiva, la obra «Futuro» es un óleo que se queda grabado. No solo por su belleza distópica o su impacto visual, sino porque nos obliga a mirarnos de frente y preguntarnos: ¿este es el futuro que estamos construyendo?
Yolanda Molina Brañas, con esta pieza, nos entrega una de sus obras más maduras y perturbadoras hasta la fecha. Una visión apocalíptica con alma de advertencia.
