«Yolanda Molina Brañas se revela, en su pintura al óleo, como una voz singular dentro del panorama contemporáneo aragonés y español: una artista que no renuncia a la figuración ni al poder evocador del color, pero que lo hace desde una mirada introspectiva, casi meditativa, cargada de melancolía contenida y de una sutil tensión entre lo visible y lo sentido.
Su obra se mueve con naturalidad entre varios registros que, lejos de dispersarse, terminan dialogando entre sí. Por un lado encontramos paisajes —tanto naturales como urbanos— tratados con una sensibilidad cromática que recuerda ciertas herencias del postimpresionismo y del intimismo de comienzos del siglo XX, pero filtrados por una contemporaneidad serena y sin estridencias. En piezas como Otoño o Jardín en otoño la paleta se enciende en ocres profundos, dorados tamizados y rojos apagados que parecen capturar no solo la estación, sino el instante preciso en que la belleza se sabe efímera. El pincel se mueve con economía: no hay virtuosismo exhibicionista, sino economía de medios que intensifica la emoción. En Salto del Nervión, Paisaje islandés, o en sus vistas urbanas con luz dorada, la artista demuestra una notable capacidad para transformar lo cotidiano en acontecimiento lumínico: el paisaje o la ciudad no son simples colores, ruido ni multitud, sino un escenario de silencio habitado por reflejos y sombras que sugieren presencias ausentes.
Junto a esta vena paisajística convive un registro más introspectivo y simbólico, donde la figura humana —o su ausencia— se convierte en vehículo de estados anímicos complejos. Obras como Aislamiento, Pesadilla o La negación de Dios nos sitúan ante una figuración que no busca el retrato realista ni la narración explícita, sino la representación de lo inasible: la soledad urbana, el peso del vacío interior, el desgarro espiritual o el territorio onírico. Aquí el color se vuelve más denso, los contrastes más dramáticos y las composiciones suelen cerrarse o dejar amplios espacios de silencio pictórico que obligan al espectador a habitar la obra en lugar de simplemente observarla. Hay en estas piezas una herencia del simbolismo y de las corrientes existenciales de la pintura europea de posguerra, pero tamizada por una delicadeza que evita el patetismo grandilocuente.
Formalmente, Molina Brañas es una pintora de óleo clásica en el mejor sentido: domina la materia, el color, la veladura y el empaste cuando lo requiere, con pinceladas minuciosas o libres, pero nunca permite que la técnica eclipse el contenido emocional. Sus formatos, medios y grandes, otorgan a las obras una presencia física que refuerza su carácter contemplativo. No hay en su trabajo concesiones al efectismo digital ni a la ironía posmoderna; su apuesta es la pintura tradicional como espacio de resistencia frente a la aceleración y la superficialidad contemporáneas.
Molina Brañas parece tejer ese diálogo entre el exterior (paisaje, luz, estación) y el interior (soledad, pesadilla, interrogación espiritual). Su pintura es una propuesta coherente y madura que invita al espectador a detenerse, a respirar delante de cada lienzo. En un momento en que gran parte del arte busca el impacto inmediato, la pintura de Yolanda Molina Brañas defiende —con inteligencia y sin estridencia— el valor lento y profundo de la mirada sostenida. Su obra no grita; susurra. Y precisamente por eso cala.»
G.C.A.